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Eddie Palmieri le puso salsa al Festival de Jazz en Medellín

Por José Fernando Serna Osorio y Mateo Isaza Giraldo – “Palmieri, viejito querido, así se toca la música afrocaribeña”– se escuchó vociferar a un hombre mientras señalaba con entusiasmo al escenario. Otro, a pocos metros, se tocaba la cabeza en señal de no creer lo que estaba escuchando. Un tronador aplauso estalló de principio a fin. Estas fueron algunas de las emociones luego del huracán de sonidos que brindaron el mítico pianista de 78 años y sus compañeros de orquesta en el gran salón de Plaza Mayor, en Medellín.

Más que un concierto, de una calidad notable, lo de Eddie Palmieri y su orquesta en el Medejazz 2015 fue una lección de rebeldía. Así lo sintieron muchos salseros en Medellín para quienes la noche del 3 de octubre del 2015 quedará retumbando en los oídos por años.

Una ficha técnica del concierto de Palmieri diría algo como lo siguiente: que fueron ocho canciones, que abrió con “Pa’ la ocha tambó” y al final sonó “Vámonos pa’l monte” y cerró con “Camagueyanos y habaneros”; que estuvo acompañado por virtuosos de la talla de Nicky Marrero, Herman Olivera, Jimmy Bosch o Nelson González; que fue en Plaza Mayor y el público llenó el recinto; que La Dimensión –talento local- abrió el concierto, se robó muchos aplausos y calentó al público para el plato fuerte.

-“Buenas noches, yo soy Papo Lucca”-, atinó a decir entre risas Palmieri mientras terminaba la presentación de los músicos y afinaba el sonido sobre las negras y las blancas que con irreverencia y originalidad siempre toca. Una carcajada al unísono se escuchó, pero de inmediato se vio ahogada por la música: Palmieri estaba en acción, vivo y feliz.

Todos los músicos tuvieron la oportunidad de lucirse y ese es parte del gran éxito de Palmieri. Nicky Marrero sonó los timbales con su reconocida calidad. El trombonista Joe Fiedler “guapeó” junto a Bosh en “Muñeca”, una combinación que deleitó y Nelson González hizo sonar su tres poniendo en cada nota energía.

Pa’ la ocha tambó”, “Lindo yambú”, “Muñeca”, “Pa’ huele” o “Azúcar”, fueron el escenario ideal para que cada músico dejara su impronta y sumara para ese dicho, que se convirtió en norma: que un concierto de Palmieri jamás se parece al anterior.

La música une, rompe teclas y barreras

Un grupo de peruanos, que venían persiguiendo desde Cali a Palmieri y compañía, recibió el saludo y también se gozó la fiesta. Venezuela, Puerto Rico y Cuba hicieron presencia y llenaron de color la noche. Colombia y Medellín fueron anfitriones inigualables.

Papel protagónico en el éxito del concierto merece el histriónico Herman Olivera, un hombre al que uno no termina de reconocer, por momentos un sonero con manías de boxeador y por otros un púgil dotado de un talento musical sin par. Su porte, elegancia y su voz van llevando de la mano: dos, tres, cuatro tonadas y knock-out. No hay vuelta atrás: quedarse ensimismado y sentir el corrientazo para más de 1.000 personas que estallaron de felicidad, algunos con lágrimas, al escuchar a la orquesta.

La salsa, que tanto invita a bailar, vio en Palmieri un hipnotizador. Por momentos, nadie se quería mover, todos atónitos escuchaban los vatios de potencia y la energía que se concentraba en un escenario no mayor a 10 metros cuadrados. Era una bomba de felicidad, música y mucho sabor. Se permitió entregar el protagonismo a sus músicos con solos de congas, timbal y los vientos, pero al final el maestro Palmieri se dio su lujo y le metió efectos de electrónica a Camagueyanos y habaneros. -”Ese es Palmieri, un genio”-, dijo Gustavo Marín, un hombre que escucha a este neoyorkino desde hace 30 años y siempre se sorprende con su irreverencia musical.

Al final, Palmieri se bajó del escenario dejando una deuda por saldar:“Palo pa’ rumba”, una canción que quedó tarareando el insaciable público a la salida. No hubo oportunidad, no obstante, la cara de satisfacción de los asistentes era notable, todos brindaron con un trago porque la salsa no solo está vigente, sino que en las manos de genios como Palmieri y compañía, también se reinventa.

Eddie, “el gran dinosaurio”

-”Unos huevos revueltos y una cerveza por favor”, se le escuchó decir a un hombre con un español poco entendible. -”Fijate, ahora estoy trabajando en mi nuevo proyecto musical ‘Mi luz mayor’, un homenaje a mi esposa Iraida…”. Se entrecorta la voz y hay un silencio profundo. El que escucha, concede el momento nostálgico y la conversación cambia de rumbo. La catarsis no ha llegado a su fin y otro trago de cerveza moja la garganta del afligido.

Son las 7:00 de la mañana en el aeropuerto Alfonso Bonilla Aragón de Palmira, Valle del Cauca, la frescura golpea el ambiente. Pero el aire cálido empieza a llenar el espacio.

Ese es Eddie Palmieri, el “dinosaurio de la salsa”, no por los 78 años que carga encima, sino por el peso de su nombre, el rugir de su piano, los pasos de gigante que se sienten cuando se acerca al escenario. Este neoyorkino ascendncia puertorriqueña habla hasta donde le permiten los sentimientos del nuevo trabajo musical que realiza con Gilberto Santa Rosa, Carlos Santana y Chucho Valdés, en el que rinde homenaje a su esposa fallecida en 2014. Luego evade el tema, se monta en un avión y se va a Medellín.

Ya pasaron 10 horas y 45 minutos. Descansó. Su edad le pasa factura y para caminar o subir una escala, “El rompeteclas”, tiene que ir de la mano con otra persona.

Son las 4:46 de la tarde. Sábado 3 de octubre. Mientras en Medellín el ajetreo lleva y trae contrastes, en el centro de eventos de Plaza Mayor, una figura de 1,65 metros se aproxima a lo lejos. Viene con su guía y mánager Vicky López, una morena muy seria que no deja que nadie se aproxime al maestro del jazz y la salsa. Pasos cortos, mirada al frente y Papá Palmieri avanza.

Eddie se adentra en un camerino. Espera allí su turno. Mientras tanto, en el alto escenario, el mítico percusionista Nicky Marrero discute con su cencerro, que no encaja en el timbal. Lanza una risotada al aire. En otro extremo, Jimmy Bosh repite una y otra vez una nota musical en su trombón. Más acá, Johnny Rivero adecúa sus congas y Herman Olivera, “El Sonero del siglo XXI”, entona un oro en medio de una risa. Todavía no hay afinación.

Pasan 15 minutos. El gran salón de Plaza Mayor respira salsa. De improvisto y con un “ok” lanzado al aire por uno de los músicos se monta al escenario la inmensurable figura de Eddie Palmieri. Entra en medio de una carcajada tomado de la mano de su hijo Eddie Palmieri II. Ve a Bosh y le hace una chanza, más adelante se encuentra con Luquis Curtis, el bajista, y le dice algo al oído. Sigue y se sienta en su trono, frente al piano. Eddie está cómodo: viste unos tenis negros Reebok, un pantalón café oscuro y una camisa café clara. Una barba medio arreglada, y un par de manillas en sus mano derecha y un reloj color plata en la izquierda. Está alegre y sonriente.

Acomoda su piano. Arregla el sonido. Hay silencio cuando este “dinosaurio de la salsa” habla. Combina su inglés con un español trabado. Se pone serio buscando una nota que no logra, pero de inmediato lanza otro chiste a uno de sus músicos: -”sino suena bien esto hoy, me voy a colgar de este techo”-, dice mientras lo señala con su cabeza. Hay risas.

Todo está listo. Levanta su mano y dice: -”Vámonos pa’l monte”. Como si fuera una orden militar todos se disponen.

Primer intento, corta en el inicio. Pide más ganancia para los aires, instrumentos determinantes en esta canción. Segundo intento, 30 segundos y corta nuevamente. Tercer intento,otra desafinación que no le gusta a Palmieri. Levanta una mano y para el sonido de inmediato. Dice: -What happens? Tres veces- (Qué pasa?). Cuarta intención, tras 20 segundos aprueba con su cabeza, Herman Olivera entona y se va la melodía con altura: “Vámonos pa’l monte, pa’l monte pa’ guarachá, vámonos pa’l monte, que el monte me gusta más…”

La potencia no se puede medir. En la parte de atrás, Jonathan Powell (trompeta), Joseph Fiedler (trombón), Louis Fouche (saxofón) y Jimmy Bosch (trombón) estallan la melodía que producen sus instrumentos, los vientos se multiplican en segundos por todo el gran salón. Bosh se baja de su altar, pasa al frente y da un solo musical, mientras Palmieri mueve rápidamente sus manos buscando la siguiente nota. Olivera gesticula con su cara, se frota las manos y baila sobre el mismo punto en que está parado. Hay fuego sobre la tarima, hay música, una descarga anímica que manda un corrientazo al sistema sensorial y en especial al auditivo.

Pasaron cuatro minutos, finaliza la canción, Eddie levanta su mano y fin a la prueba de sonido. Luego, con su caminar lento, se para y se va. Seguramente como dice la canción: -para el monte me voy, porque contento estoy.

Extraído de elcolombiano.com

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